Viktor Frankl, la supervivencia humana

Viktor Frankl- Foto atribuida a Prof. Dr. Franz Vesely
Viktor Frankl- Foto atribuida a Prof. Dr. Franz Vesely

Si la vida es un arte que puede pulirse, afinarse y practicarse, sean cuales sean las herramientas de las que se disponen, Viktor Frankl fue un artista de la vida, un virtuoso de la resiliencia vital, el afortunado descubridor del secreto para la supervivencia: cómo mantener las ganas de vivir y de ayudar a vivir a los demás, en las peores circunstancias.

Pocas vidas hablan tanto de superación de la más terrible adversidad, motivación por vivir y triunfo en esa lucha, que la del hombre del que quiero hablarles. Su supervivencia no fue solo física, sino mental y- más importante- espiritual. Entre los prisioneros de los campos de extermino y concentración nazis, ninguno de los que lograron salir con vida dejó de ser una víctima con secuelas físicas y/o psicológicas. Viktor Frankl no sería la excepción, seguramente, pero tuvo la fortaleza moral de sobrepasar ese horror, aplicando su experiencia personal y profesional en ayudar a otras personas, antes, durante y después de su cautiverio.

Filosofía de vida- Foto: Geralt/CC0
Filosofía de vida- Foto: Geralt/CCO

El estudioso del sentido de la vida

Viktor Emile Frankl nació en la ciudad de Viena (Austria), el 26 de Marzo de 1905. Hijo de una familia judía, tradicional y muy afectuosa, vivió una primera infancia feliz, que truncó la I Guerra Mundial. Entre la escasez y las miserias que dejó la guerra, el pequeño Viktor ayudaba a sus padres a buscar el sustento familiar, acudiendo a las tres de la madrugada, para ser de los primeros, a las colas para el reparto de alimentos. Según relata en su autobiografía, fue siendo muy niño, a los cuatro años de edad, cuando se hizo consciente de su propia mortalidad y empezó interesarse por el sentido de vivir, a raíz de ese pensamiento.

Brillante en los estudios y enfocándose hacia la medicina, se matriculó en la Universidad de Viena, en las especialidades de Psiquiatría y Neurología. Con 18 años, comenzó a estudiar las teorías del psicoanálisis, atreviéndose a discutirle algunos términos al mismísimo Sigmund Freud, en unas polémicas cartas que el eminente psiquiatra nunca dejó de contestar. Freud acabaría por publicar algunos de los artículos del joven Frankl en su Revista Internacional del Psicoanálisis.

Alarmado por el alto número de jóvenes desamparados y desesperados que había dejado la guerra, Frankl se unió a dos profesores de la universidad para abrir diversas consultas donde tratar los trastornos psicológicos que producían el desempleo, la escasez de recursos y la pérdida de familiares y que abocaban a menudo a muchos jóvenes hacia el suicidio. Su idea fue un éxito que otros profesionales copiaron, extendiendo los consultorios a otras ciudades de Europa.

En 1933, una vez graduado, Viktor Frankl despega su brillante carrera médica trabajando en el Hospital General de Viena. En 1937 deja su puesto para abrir su propia consulta de psiquiatría, hasta 1940, año en el que es nombrado director del departamento de neurología del Hospital Rothschild, el único hospital de la ciudad que admitía pacientes judíos.

Su prometedora trayectoria profesional se completa felizmente en lo personal, por su matrimonio con Tilly Grosser. Nueve meses después de esa boda, en 1942, la pesadilla nazi pondría fin a todo lo que Viktor Frankl tenía y conocía.

Auschvitz- Polonia-Foto: bady/pixabay.com CC0
Auschwitz- Polonia-Foto: bady/pixabay.com CCO

Un psiquiatra en los campos de exterminio

En 1942, desatada ya la terrible persecución contra los judíos de Adolf Hitler, la familia Frankl al completo es apresada y deportada a distintos campos de concentración. Separado de su esposa y el resto de su familia, Viktor Frankl ingresó en el campo de Theresienstadt, en la antigua Checoslovaquia, hoy República Checa. Habiendo perdido todos sus bienes, sus influyentes amistades profesionales, sin saber qué había sido de cada miembro de su familia y qué sería de él mismo, el doctor Frankl describía así su terrible situación: “Me encontraba solo con mi vida literalmente desnuda”.

Conocedor del funcionamiento de la mente humana, Viktor Frankl se propuso buscar un sentido, una meta que convertir en reto durante su cautiverio, una motivación que le prohibiese desfallecer ante tanta desgracia y rodeado de desesperación. En Theresienstadt, escribió una de las observaciones que después trasladaría a uno de sus libros: “Nada en el mundo ayuda a una persona a sobreponerse a todas las dificultades y limitaciones, como tener un propósito para seguir viviendo”. Esa se convertiría en la máxima que defendió toda su vida, sobre la que quiso estudiar más y que le permitió desarrollar sus tesis sobre el sentido de la vida para el ser humano. Su sentido de la vida en esa época fue el aparentemente más obvio: sobrevivir y ayudar a sobrevivir a cuantos compañeros pudiera.

Ninguno de nosotros podemos saber lo que realmente significa intentar sobrevivir en el terrible contexto de los prisioneros de guerra; menos aun cuando la represión es tan cruel como lo fue el nazismo para millones de personas. Solo los que, como Viktor Frankl, tenían una esperanza a cumplir para el futuro aguantaron los inimaginables sufrimientos durante años y años. Según su posterior relato de ese tiempo de desolación y cautiverio, las bases que utilizó para soportarlo fueron el recuerdo de su familia y su deseo de volver a verles; permitirse apreciar la naturaleza -observaba la belleza de los bosques que rodeaban el campo de concentración, se extasiaba con cada amanecer- y no descuidaba su parte espiritual, lo mismo buscando ocasiones de íntimo silencio y soledad, para meditar y orar, que recordando canciones, aprovechando los pocos ratos libres para reunirse a cantar, recitar poesía o hablar de literatura, o incluso conservar el sentido del humor, bromeando con otros prisioneros. En sus palabras, “la muerte solo puede asustar a quien no sabe llenar el tiempo que le es dado vivir” y “la plenitud de la vida humana está en el amor, y se realiza a través de él”.

Con ese amor y esa voluntad de llenar su vida en las peores condiciones, ejerció como psiquiatra voluntario en el pequeño grupo de la religiosa judía Regina Jonas, que trataba las depresiones y problemas psicológicos de los prisioneros en el tristemente famoso campo de concentración de Auschwitz, donde Viktor Frankl fue trasladado dos años después de ser apresado. No sería ese el único traslado; en su macabra ruta, habitó también en Kaufering y Türkheim, dos campos vinculados al campo de exterminio de Dachau.

Resiliencia, superación- Foto de klimkin/ CC0
Resiliencia, superación- Foto de klimkin/ CCO

La libertad de un hombre libre

En 1945, el 27 de abril, Viktor Frankl fue liberado tras la entrada del ejército norteamericano. Fue entonces cuando descubrió que sus padres, su hermano, la esposa de éste y su propia esposa, Tilly, habían fallecido durante sus estancias en distintos campos. Regresó a Viena y consiguió sobreponerse a su dura experiencia, trabajando en la Policlínica de Viena y escribiendo sus recuerdos y conclusiones en lo que se convertiría en su obra más conocida “El hombre en busca de sentido”, donde relata lo vivido desde su visión de psiquiatra. Sus propias reflexiones en ese libro, le ayudarían a desarrollar sus antiguas tesis, que dieron lugar a la creación de la Logoterapia, considerada más tarde como la Tercera Escuela Vienesa de Psicología. En otras de sus citas más célebres, Viktor Frankl asegura: “He encontrado el significado de mi vida ayudando a los demás a encontrar en sus vidas un significado”.

Casado desde 1947 con Elly Schwindt -con quien tuvo a su hija Gabriele-, su nueva esposa fue siempre su más fiel colaboradora en difundir sus obras y su escuela de logoterapia.

Escribió más de 25 obras, todas ellas conteniendo sus teorías sobre la fuerza de la espiritualidad y el amor en la vida del ser humano. Fue nombrado director de la Policlínica de Viena, puesto que ocupó hasta 1971. Además de dar conferencias por todo el mundo, acumuló títulos y galardones académicos, como el de profesor invitado en cinco universidades de Estados Unidos (entre ellas, Harvard y Stanford). Dio clases en la universidad de Viena hasta los 80 años de edad. El 2 de setiembre de 1997, murió de un infarto cardiaco, a los 92 años de edad, demostrando hasta el último momento que, cuando una vida tiene motivaciones ilusionantes, nada ni nadie puede apagar la esperanza humana.

Viktor Frankl, la supervivencia humana

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