Resiliencia, la capacidad de recuperarse

Resiliencia- Foto: Johnhain/CC0
Resiliencia- Foto: Johnhain/CC0

Ya tienes las herramientas para superar las adversidades, solo te falta aprender a utilizarlas.

De alguna manera hay que llamar a las cosas y, en psicología, se llama resiliencia a la capacidad de las personas para superar las situaciones adversas por las que atraviesan. Es el mismo vocablo que se emplea en física o ingeniería para hablar de la ductilidad y resistencia de los materiales. No todas las personas tienen la misma capacidad de recuperarse de los malos momentos, como no todos los materiales resisten los golpes y conservan sus cualidades. Pero, en el caso de los seres humanos, el saber cómo potenciar nuestra resiliencia puede aprenderse.

JuncCom el junco que se dobla pero vuelve a su origen

Todos tenemos resiliencia, en algún grado

La naturaleza misma nos dota desde que nacemos con los mecanismos de defensa que podemos necesitar a lo largo de la vida. La resiliencia no es más que esa habilidad de rehacernos tras un duro golpe, lo que no tiene que ver con el modo de cada persona de vivir sus malos momentos. Ser resiliente no significa no tener momentos débiles, ni permanecer imperturbable pase lo que pase; ser resiliente es, una vez ocurrido el trance y pasado el necesario proceso del duelo, saber adaptarse a lo que imponen las circunstancias sin dejarse arrastrar por el desaliento. El premio es que, de ese modo, no solo se mitiga el sufrimiento, sino que salimos reforzados de las malas experiencias.

No hay que confundir la adaptación a los contratiempos de la vida con la resignación. La adaptación no destierra la esperanza, es una estrategia temporal, un cambio de actitud para aceptar los cambios, desde la actividad para recobrarse y evolucionar. La resignación es, simplemente, rendición.

Hay personas que tienen la fortuna de poseer un alto grado de resiliencia, aunque no hayan padecido antes en sus vidas. Son las que, llegado el mal momento, se sobreponen con cierta rapidez y naturalidad y continúan sus existencias sin acusar demasiado el trauma. Pero la mayoría vivimos nuestras desgracias con altas dosis de estrés y dolor emocional. Sin embargo, todos nosotros tenemos la posibilidad de aprender a potenciar nuestra propia resiliencia ¿Cómo hacerlo? Vamos a explicarlo.

Resistir- Foto:Counselling/CC0
Resistir- Foto:Counselling/CC0

Cómo potenciar la resiliencia

Está muy bien conocer las teoría de manual, la teórica de lo que ocurre si actuamos de determinada manera. Pero, sinceramente, no existen fórmulas mágicas a la hora de gestionar las emociones. Los profesionales de la terapia psicológica, los coachs y hasta los gurús más espiritualistas, te darán muchas indicaciones, pero acaban diciendo que “ser feliz depende de ti”…De acuerdo, pero ¿qué puede hacer uno mismo, cuando está derrotado y confuso por los problemas o disgustos de su vida?

Confieso que, al principio, esa enigmática respuesta me sonaba a pretexto para desentenderse: “Dicen que pueden ayudarte, pero depende de ti; es decir, allá te las compongas…Vale”. Y resulta que, en origen, esa frase tiene razón, aunque quizás esté mal formulada. La felicidad no depende de ti, sino de cómo tu mente asimile las situaciones. Solemos creer que nuestra mente es lo mismo que nosotros, que es “todo nosotros”; no es así. Al surgir un problema realmente urgente, algo que nos pone en peligro o pone en riesgo a los que queremos, la mente pensante- esa que no cesa de advertirnos, de augurar, de juzgar- se para y actúa ese “otro yo” que pocas veces notamos y que sabe, exactamente, qué puede hacer dada la situación ¿Cuántas veces les ha sucedido actuar por lo que llaman “instinto” o “intuición” o “impulso”, y haber zanjado así una experiencia que podía haber sido desastrosa? El “instinto”, el verdadero instinto, es la parte de nosotros mismos que razona más y mucho más rápido que lo que, paradójicamente, llamamos “la mente racional”.

Adaptarse-Foto: Johhain/CC0
Adaptarse-Foto: Johhain/CC0

La importancia de lo que pensamos

La mente racional nos preocupa, nos traslada pensamientos o imágenes de mil consecuencias posibles…; de todas esas consecuencias solo una será real, pero nuestra mente nos lanza a sufrir por multitud de supuestos desenlaces, casi todos desastrosos. Eso es lo que hay que comprender para ver que, en realidad, la clave de superar las adversidades – y la de ser felices- está en nuestra mente, en nuestra manera de pensar, en lo que nos dice nuestra cabecita…Y por sí misma suele ser bastante negativa, así que mejor no escucharla tanto y acordarse de que “el instinto”, nuestra verdadera esencia como personas, sabrá salir de los conflictos de forma más airosa de lo podemos imaginar.

Si confiamos más en nosotros mismos, en nuestras capacidades y adaptación como adultos equilibrados, otro factor de la resignación y la derrota desaparece: el miedo. El miedo nos agarrota física y psicológicamente, no nos permite pensar con claridad, es el aliado perfecto de la mente para elucubrar toda clase de desgracias que empeoren las circunstancias ante las que estamos. Solo estar seguros de que siempre hay una salida y de que, para verla, tenemos que mantener la calma y no dejarnos llevar por el pánico de “lo que podría suceder”, nos garantiza librarnos de los miedos (los hay para todo) y desdramatizar los pensamientos.

Sobrevivir- Foto: Jodileigh/CC0
Sobrevivir- Foto: Jodileigh/CC0

Relativizar los malos recuerdos y los retos del presente

Cuando ocurre un mal trance, la tendencia humana es centrarse en ello, darle vueltas y generar emociones de tristeza, alarma o ira en torno a lo sucedido. Solemos decir que del pasado solo podemos extraer experiencia, pero a menudo equivocamos el mensaje y olvidamos que lo que pasó no se puede repetir; puede ocurrir algo muy parecido, pero nunca será lo mismo. Y, en todo caso, dependerá de los pasos que demos el que vivamos circunstancias similares o no.
Del pasado es mejor quedarse con la idea de que nos ha conducido hasta aquí; no importan tanto los hechos o las conductas, sino la idea de que superamos ese tiempo y estamos en el presente. El futuro es lo que no ha sucedido, por lo que no podemos asegurar qué pasará. Ambos pensamientos nos devuelven a lo único que es real y que estamos viviendo: el presente.

Asumir nuestro pasado, bueno, malo, o mejorable; perdonarnos y perdonar por cómo fuimos, lo que hicimos o nos hicieron y cómo ocurrieron las cosas, relativizará la carga dramática que solemos dar a lo que dejamos atrás. Es el modo de continuar hacia adelante. Si te caes, no te paras a pensar en la caída, sino que te levantas y sigues caminando; de eso se trata.

Centrarnos en el presente es asumir las actuales circunstancias: ¿es un mal momento o ya pasó pero sigues rememorando? En un caso como en el otro, asumir que ésta es la situación y solo puedes actuar o resignarte te dará la clave. Recuerda lo que dijimos anteriormente: actuar para solucionar lo posible, resignarte para…rendirte.

Reta a tu vida. Proponte ser mejor que en el pasado, no rendirte ahora ni en el futuro.

Hacia arriba-Foto: skeeze/CC0
Hacia arriba-Foto: skeeze/CC0

Las herramientas de la resiliencia

Ya tenemos, pues, las bases para la resiliencia o, lo que es lo mismo, para ser resistentes y flexibles ante la adversidad:

  • Confiar en nuestras valías, no solo en las predicciones de nuestra mente.
  • Apartar el miedo, no anticipar desenlaces.
  • Actuar con esas convicciones, sin caer en la melancolía, la desgana o el pesimismo.
  • Utilizar el pasado para valorar que seguimos vivos, y el futuro como algo a construir con ilusión. Disfrutar del presente, aunque sea con pequeñas cosas cotidianas.

Sí, todo eso depende de nosotros mismos; por mucho que nos lo digan, nadie más puede manejar lo que elegimos pensar. Quizás antes no habían reparado en ello, pero ya lo saben ¿Qué eligen?

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