Mejor desde la serenidad

Foto de Johnhain/pixabay.com Licencia CCO
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Cómo actuar con serenidad frente a las dificultades, cuando todo parecen nubes de tormenta que oscurecen nuestra vida.

 

“Yo es que soy muy nerviosa”, repetía la mujer. Y, a continuación, se lanzaba a explicar una retahíla de agravios domésticos, problemas económicos y tensiones laborales que justificaban su exceso de inquietud y enfado. Mientras la escuchaba, pensaba en cómo decirle que, todo aquello que tanto la preocupaba y la asustaba, se agravaba a sus ojos por culpa de “su nerviosismo”, precisamente ¿Cómo hacerle comprender, sin menospreciar su relato, que era lo que ella llamaba “su nerviosismo” lo que no le dejaba ver las verdaderas dimensiones de sus problemas e incluso las soluciones? ¿Cómo ayudarle a ver que lo que necesitaba era relativizar más y actuar mejor desde la serenidad? Lograr esa serenidad es el primer paso para abordar todo lo demás.

Foto de Geralt/pixabay.com
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Los problemas en nuestra mente

Pero no es sencillo romper ese muro de obcecamiento y oscuridad que se forma cuando uno (o una) se siente acorralado por el mundo, por las circunstancias, por la incapacidad de obrar. Entonces es cuando no se puede pensar en que, esa incapacidad, está principalmente en nuestra mente, envenenando nuestros pensamientos, anticipando acontecimientos desastrosos, desenfocando la realidad. Y, claro, te pones nervioso, te atacas de frustración, impotencia, miedo, ira… Pero, si fuera sencillo, si pudiera contestar directamente y sin deber dejar de antemano que la persona se explaye y rememore de nuevo todas sus cuitas, preocupaciones y desvelos; si pudiera convencerla, del tirón, de que culpar a sus nervios no es el modo de justificar su sentimiento de indefensión, le diría que hay una manera de gestionar la preocupación y enfocar esa energía en la solución de los conflictos personales. Y evitar así ese estado nervioso que todo lo altera.

Es humano ponerse nerviosos ante los desafíos que surgen sin previo aviso, frente a lo que nos duele y nos impone actuar de forma defensiva e inesperada. Cuando nos sentimos en peligro – o más bien cuando creemos intuir algún peligro- nos lanzamos a imaginar cómo de grandes y perversas serán las consecuencias. Nuestra mente no suele presentarnos el escenario más favorable, en el futuro, y todo nos parece amenazante y angustioso. Y la realidad es que no suele ocurrir todo lo malo que imaginamos.

Piensen en las ocasiones del pasado que les parecieron complicadas, duras o incluso imposibles de superar, y luego se acabaron solucionando de mejor forma de la que imaginaron ¿Cuán tiempo pasaron preocupándose, abrumados e inquietos, por algo que después no resultó ser tan insuperable? ¿De qué sirvieron tantos pensamientos catastrofistas y tantos malos augurios?; de nada, salvo para pasar malos ratos.

Tranquilo,por favor- Foto de Geral/pixabay.com
Tranquilo,por favor- Foto de Geral/pixabay.com

El camino para la paz empieza ahora

De todos los métodos para volver a recuperar la serenidad y la objetividad, el mejor y más rápido que conozco es el de anclarse en el presente. Cuando los desafíos a futuro nos alarman y empezamos a elucubrar desenlaces desastrosos, hay que hacer un alto mental, detener el aluvión de pensamientos y partir desde el momento presente ¿Cómo estamos en este momento?, ¿qué podemos hacer al respecto de lo que nos preocupa, ahora? Si podemos actuar en la solución en este preciso instante, hagámoslo. Si hay que esperar a otro momento ¿por qué angustiarse en éste? Aprovecha los momentos en los que no puedes hacer más que “esperar”, para disfrutarlos de mejor manera. No dejes que las malas cábalas te ocupen este momento en el que podrías estar saboreando tu vida de otro modo; el presente es también parte importante de tu vida, irrepetible, el único momento que estás viviendo y en el que puedes actuar de un modo u otro. Ahora.

Volver al ahora, centrarse en lo que está ocurriendo en nuestro entorno precisamente en este momento, nos da un respiro que nuestra mente necesita. A partir de ahí, hay que meditar en lo que realmente podemos ir haciendo respecto al problema que nos preocupa. Sería, mejor dicho, ocuparse, no pre-ocuparse. Puedes preocuparte y no estar haciendo nada realmente útil; pero si te ocupas, siempre será algo de utilidad. Ten paciencia, actúa cuando sea posible y no te pierdas en anticipaciones; de ese modo, al menos siempre ganarás algo positivo en tu vida: tu serenidad interior.

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Una pausa, para la serenidad – Foto de Geralt/pixabay.com

 

 

Desmenuzando los problemas

La peor de las situaciones posibles tiene solución; en el peor de los casos, como todo en la vida, pasará del modo que sea. Muchas veces, la solución pasa inadvertida o se complica precisamente por nuestro comportamiento alterado, ofuscado e impulsivo. En esos momentos, anclarse en el presente no solo ayuda a calmar el ánimo, sino a escuchar y entender mejor a los demás, considerar posibles alternativas que habíamos descartado, recuperar el optimismo y la positividad.

Un viejo proverbio chino decía: “Si algo tiene solución, para qué preocuparse. Y, si no la tiene, de qué preocuparse”.

El doctor Mario Alonso Puig, escritor, estudioso y conferenciante sobre las funciones neurológicas y su influencia en nuestras vidas, habla del “distrés”, que consiste en el estrés negativo, excesivo, que mantiene a una persona agobiada continuamente. Dice Alonso Puig que, según distintos estudios científicos, un minuto ocupado en pensamientos negativos reduce las capacidades del sistema inmunológico durante unas seis horas. Eso representa que, cada instante de ira, miedo o preocupación, baja nuestras defensas físicas durante un largo periodo de tiempo. Imaginen qué hace en nuestro cerebro.

Nuestra mente no diferencia entre situaciones imaginadas o reales; todo aquello que sentimos, lo experimenta como algo que está ocurriéndonos. Si pensamos en que algo va mal, que no tiene remedio o que es muy complicado o amenazante, nuestra mente interpreta reales nuestas emociones alteradas – aunque sea solo una situación hipotética- e impide que veamos otras partes de la verdad.

Para contrarrestar los estados alterados, el nerviosismo y la crispación de los momentos angustiosos, basta con algo tan simple como centrarse en la respiración. Hacer inspiraciones y expiraciones pausadas y profundas, no solo oxigena el cerebro, sino que nos devuelve al presente…Recuerden, el único momento en el que podemos actuar; ni el pasado, ni el futuro. Solo ahora y desde la calma podemos vivir mejor.

Mejor desde la serenidad
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