Las mujeres pioneras en la medicina

Cuidando de la salud- Foto: OpenClipartVectors
Cuidando de la salud- Foto: OpenClipartVectors

Posiblemente desde el comienzo de la vida humana sobre el planeta, las mujeres fueron las depositarias del bienestar de la familia y las tribus, mientras los hombres ejercían de protectores del grupo, cazadores y exploradores. Eso continuó así al paso de los siglos, y a las mujeres se les fue asignando el papel de cuidadoras y sanadoras, casi como algo consustancial a su nacimiento.

No es de extrañar aunque no podamos constatarlo, que las mujeres fueran las primeras estudiosas del cuerpo humano y sus dolencias, así como las responsables de las primeras investigaciones farmacológicas o quirúrgicas de la humanidad. Desde las comunidades más primitivas, las mujeres desempeñaron a través de los siglos las necesarias e importantes tareas de cuidar de la salud del resto de miembros de los poblados o tribus. A nadie extrañaba que recolectaran plantas y fabricaran incomprensibles brebajes o emplastes para sus tratamientos, o que supieran cómo manejar los huesos rotos o desviados para sanarlos, o que acudieran a un parto o a curar unas fiebres con la misma inmediatez y seguridad. Solo cuando los hombres empezaron a interesarse por las técnicas médicas y a institucionalizar los métodos y servicios a los enfermos, las mujeres fueron siendo apartadas y descalificadas para el ejercicio de la sanación ajena.

Medicina ancestral- Foto: Avantrend
Medicina ancestral- Foto: Avantrend

Cuando a las mujeres se les apartó de la medicina

De respetables miembros en cualquier comunidad, las mujeres sanadoras empezaron a ser criminalizadas, demonizadas y rechazadas. En Europa, la Iglesia Católica, tradicionalmente tan misógina y guardiana de la hegemonía masculina, no solo promocionó que solo los hombres tuvieran acceso al estudio y uso de la medicina, desterrando todo vestigio de credibilidad de las mujeres médicos o sanadoras, sino que colaboró a desprestigiarlas aún más, acusando a las que practicaban libremente la medicina de charlatanería o brujería, y relegando su participación a simples ayudantes o auxiliares domésticas de los enfermos.

El mérito de los descubrimientos beneficiosos para la salud, que es evidente que fueron transmitiendo a los primeros hombres curanderos o médicos, les fue arrebatado a las mujeres sanadoras para ser adjudicado posteriormente a estos o caer en el olvido. Por eso no existen crónicas de mujeres precursoras en tratamientos médicos, operaciones quirúrgicas o fabricación de medicamentos.
En ese sentido, el oscurantismo y veto sobre los conocimientos de curación de esas mujeres sabias, llegó a afectar al propio Paracelso, el célebre médico, cirujano y alquimista, quien tuvo que quemar uno de sus manuales de farmacología para no ser condenado por la Inquisición, después de haber declarado en 1527 que lo que exponía en su libro lo “había aprendido de las brujas”.

Manos que curan- Foto: Milivanily
Manos que curan- Foto: Milivanily

Condenadas por curar

A pesar de las persecuciones y prohibiciones, siempre hubo mujeres valientes, vocacionales y con deseos de ayudar al prójimo que aprendieron por su cuenta la ciencia médica y la practicaron, aun debiendo pagar por ello al ser descubiertas. Es el caso de la médico Jacqueline Félicié (citada también como Jacoba Felicié), que practicaba la medicina en el París de 1322. Se le supone una mujer joven y proveniente de la nobleza, que trabajaba sanando a enfermos de todas las clases sociales, con gran éxito de curaciones y siendo, por tanto, muy apreciada entre sus pacientes. Se desconoce cómo logró Jacqueline su formación, pero lo cierto es que no contaba con titulación académica, ni era hombre para poder conseguirla. Precisamente su buena fama como médico y la acusación de estar cobrando por sus servicios sin tener licencia ni preparación acreditada, fue lo que provocó que se la enjuiciara en la Facultad de Medicina de París, junto a otras cinco personas, tres de ellas mujeres, por “práctica ilegal de la medicina”. Ocho testigos testimoniaron su buen hacer, y la calificaron como “sabia y buena mujer”. A pesar de esas declaraciones, el juicio, que duró meses, terminó sentenciando a Jacqueline a dejar cualquier práctica sanadora, bajo la amenaza de ser excomulgada y la sanción de 60 libras de multa.

Y la pesadilla para las mujeres que querían curar no acababa más que empezar. En los años -siglos- posteriores, se desencadenó toda una persecución para erradicar la competencia que significaba para el control profesionalizado de la ciencia médica, la existencia y ancestral arraigo de las mujeres sanadoras.

Durante la Edad Media, miles de mujeres fueron llevadas a la hoguera o martirizadas hasta la muerte bajo la acusación de hechicería, por practicar la curación o la adivinación. La dureza contra esas mujeres que ejercían la medicina se recrudeció al tiempo que comenzaba y tomaba auge el primer academicismo médico y surgían las Facultades de medicina en las universidades. Por supuesto, se trataba de un sistema educativo y profesional cerrado, limitado a cierta ortodoxia bajo la supervisión eclesiástica, con el soporte de los jueces y los estados y prohibiendo el acceso a los estudios y la práctica legal a las mujeres.

Retrato de Elizabeth Blackwell by Joseph Stanley Kozlowski, 1905.
Retrato de Elizabeth Blackwell por Joseph Stanley Kozlowski, 1905.

Dignificando a las mujeres en la sanidad

No fue hasta 1849 que una mujer consiguió ser doctorada en medicina, por primera vez en la historia.

Fue la británica Elizabeth Blackwell, hija de una familia emigrada a Estados Unidos, quien consiguió ingresar como alumna en el Geneva Medical College, en Nueva York, el año 1847, tras diez intentos fallidos en otras universidades. Fue admitida después de que el decano y los profesores se sintieran tan desconcertados por su solicitud que pusieron su admisión en manos de 150 alumnos, todos varones, naturalmente, con la condición de que un solo voto negativo forzaría su rechazo. Todos los alumnos votaron a favor de su ingreso a la Facultad. El 11 de enero de 1849, la doctora Blackwell se convirtió en la primera médico mujer del mundo.

Elizabeth Blackwell conoció a la también pionera de la sanidad Florence Nightingale. De familia aristocrática y acaudalada, Florence se propuso acabar con el deterioro profesional y la mala fama de las enfermeras de su época.

En aquellos años, las enfermeras eran poco menos que un reducto de voluntariosas y una gran parte de desafortunadas mujeres, unas y otras sin estudios de ningún tipo, que buscaban un techo y unas monedas cuidando enfermos sin familia en los horrendos hospitales de beneficencia de las ciudades. Abundaban los casos de malos cuidados y abandono a los enfermos, ejercidos por unas cuidadoras a menudo alcohólicas, sin medios, conocimientos ni preparación y sin la tutela de médicos responsables. Se limitaban a alimentar, hacer curas rudimentarias y eventuales, y limpiar apenas a unos pacientes que nadie reclamaba y que no tenían dónde ir.

Florence Nightingale y sus escuelas para enfermeras cambiaron ese triste panorama, devolviendo a las mujeres el papel de dignas y eficientes cuidadoras sanitarias que tuvieron antaño. La doctora Elizabeth Blackwell fue una de los primeros médicos que copiaron su sistema y fundó una escuela para enfermeras, junto a su hermana Emily, en Estados Unidos.

Las mujeres pioneras en la medicina
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One thought on “Las mujeres pioneras en la medicina

  • Enero 28, 2016 at 10:16 pm
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    He quedado gratamente regalado con estos artículos, sobre las mujeres, el acoso juvenil, y otros gracias estimada Lola a tu disposición un admirador

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