Hipotecar la esperanza por miedo

Miedo al terrorismo- Foto: Johnhain
Miedo al terrorismo- Foto: Johnhain

Infundir el terror no es cosa únicamente de los que matan, también de los que dicen proteger a la población.

La vida se hace desde dentro y hacia afuera, como dice el eslogan de esta página. Dentro de cada uno es donde se cuece lo que primero recibimos y luego procesamos, en un revuelto de sensaciones, impresiones y emociones que no siempre sale bien y que cada quien interpreta de un modo; incluso otras personas pueden manipular nuestra manera de sentir sin que nos demos cuenta. La locura colectiva es un hecho, y lo confirman la serie de crímenes contra la humanidad que perpetran algunos desequilibrados y que provocan reacciones de desconcierto, tristeza, miedo, venganza y odio, sucesivamente, en la población.

En estos días, el mundo entero se ha vuelto a conmover con el atentado homicida sufrido por un país supuestamente libre, supuestamente civilizado y supuestamente lejano a los núcleos de conflicto bélico. Volvemos a ver imágenes de pánico y muerte; el pánico y la muerte que siembran unos locos con la mente envenenada y perdida el alma. El mismo pánico y la misma muerte que sirven a los intereses de los que nos quieren sumisos, atemorizados y dentro de sus parámetros.

Antiterroristas-Foto:OpenClipartVectors
Antiterroristas-Foto:OpenClipartVectors

El “enemigo” de todos es el miedo

Continuamente hay guerras y conflictos en países que parecen alejados y ajenos del mundo occidental. Los ciudadanos de esa parte más favorecida por la paz apenas nos inmutamos por la pérdida de vidas, de derechos y de bienes sufrida por los desafortunados de esa otra mitad del planeta. Estamos hechos a las noticias de horror y muerte en lugares corroídos por la avaricia y la mezquindad de sus gobernantes o de sus invasores. Pero, cuando ese horror alcanza a algún punto de nuestra pacífica y confortable geografía, nos alarmamos, nos indignamos y, sobre todo, tememos ser los próximos atacados.

Todo eso lo saben los que quieren sembrar el terror por venganza o por codicia; pero también lo saben quienes nos gobiernan y lo aprovechan en su beneficio, es decir, para conseguir mayor poder, mayor prevalencia, una población en sus manos como garantes de la paz y la seguridad. Eso les garantiza conservar sus privilegios, mermando los del resto de la población. Veamos de qué manera desarrolla el poder la estrategia del miedo:

  • Ante todo, se concreta y promueve la imagen de “el enemigo”, que puede serlo o no, y que puede englobar a todo un colectivo del que solo unos cuantos sujetos pertenecen a los terroristas. La típica frase presuntamente conciliadora de “no todos los musulmanes son terroristas”, ya comporta la sospecha hacia ese grupo de personas ¿Cómo diferenciar entre los pertenecientes, sin conocerles uno a uno?
  • Se potencia desde los medios de comunicación y los portavoces del estado la consternación y el peligro por la agresión, para que la legítima indignación de los ciudadanos sirva como justificación a las medidas de represión, persecución y/o ataque que se efectuarán por parte del gobierno, fuera y dentro del país en cuestión.
  • Se potencia, a sí mismo, el miedo, la inseguridad y la vulnerabilidad que produce un atentado asesino, difundiendo con frecuencia y al detalle noticias o comentarios sobre la peligrosidad de los causantes, su capacidad de infiltrarse, esconderse o escapar, sus posibles anteriores o posteriores fechorías, y haciendo hincapié en su procedencia, sus tendencias ideológicas o religiosas, su supuesto entorno y todo lo que pueda, sutilmente, ir forjando esa imagen de concreción del enemigo, aunque en realidad sea muy difusa, parcial y poco o nada comprobable. De ese modo, la ciudadanía permanece alerta, sumisamente dispuesta a obedecer y admitir cualquier medida que se imponga en nombra de su seguridad, su libertad, o ambas cosas.
  • Se exaltan los valores patrióticos, con la proliferación de símbolos, discursos incitantes, la exaltación del líder o líderes políticos y militares, y apelando a la unión con los países o grupos aliados, para causar sensación de “bando” y marcar la diferencia con “el enemigo”. 

Tras esa primera fase, la ciudadanía irá asumiendo el nuevo estado de las cosas, aunque comporte más control o injerencia en sus vidas, aunque les prive de sus derechos como pueblo libre. La excepción repetida se vuelve en lo habitual, en lo normal, y la generalidad se amolda a esa disfuncional manera de pensar.

Pero, individualmente, observando y analizando esos hechos, podemos apartarnos de la locura colectiva y comprender por nosotros mismos que más violencia y más dolor no pueden ser la solución del terror. Responder al miedo con otra agresión es tan solo agrandarlo.

Stop Terrorim- Foto:Bykst
Stop Terrorim- Foto:Bykst

Hipotecar la esperanza

Thomas Jefferson, el ex presidente de Estados Unidos, dijo: “Cuando el Gobierno teme al pueblo, hay democracia. Cuando el pueblo teme al Gobierno, hay tiranía”. Pero, ¿qué pasa cuando un gobierno impone la represión para, supuestamente, proteger a sus ciudadanos? Esa es la mejor estrategia de poder de todas, sin duda, ya que la gente se deja someter por temor a un tercero, a un enemigo que les focaliza como objetivo desde afuera.

Por la esperanza de volver a estar seguros y tranquilos en un futuro, se hipoteca la ya obtenida libertad, los derechos sociales, incluyendo la libertad y los derechos de sus descendientes.

Contra este embargo de las libertades y de la verdadera democracia, bajo la amenaza de un hipotético atentado, el ciudadano debería blindarse con mecanismos mentales como:

  • Desobedecer al miedo. La prudencia no es lo mismo que la obsesión temerosa o el sometimiento. Hay que desafiar a lo que nos da miedo, manteniendo la normalidad y serenidad en nuestra convivencia cotidiana.
  • Identificar si la amenaza que nos asusta es real o solo es una hipótesis entre las muchas posibilidades de la vida.
  • Relativizar las emociones de la conmoción: espanto, tristeza, miedo, ira, deseos de venganza, etc. No dejarse impresionar por el énfasis de noticias escabrosas y mensajes apocalípticos, apartando la histeria colectiva.
  • Observar críticamente las consecuencias de las diferentes medidas de prevención que nos proponen (o nos imponen) nuestros gobiernos, considerar sinceramente si son proporcionadas o añaden nuevos perjuicios más a la ciudadanía víctima, como la implantación del miedo generalizado. Apoyar y reclamar a las autoridades otras alternativas posibles que respeten la convivencia general.
  • Informarse con la máxima objetividad sobre lo que nos da miedo. No sacar del contexto humano ni a los que actúan con la violencia ni a los que deberían protegernos; ni unos ni otros son infalibles, para bien o para mal.

Recordemos que jamás la violencia se destruye con más violencia, ni la libertad y la justicia se mantienen con las guerras y la represión.

Hipotecar la esperanza por miedo

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