Frida Kahlo y el arte para vivir

FridaKahlo
Frida Kahlo-Foto: Dominio Público-Flick.com

Lo asombroso de Frida Kahlo no es solo su magnífica obra artística, ni su complicada vida privada, sino cómo asumió esas dos realidades de su persona y las utilizó para intentar conocerse y expresarse por encima de todo. Frida Kahlo fue, esencialmente, una artista para reflejar su vida.

Este no es un artículo biográfico más de Frida; no lo pretendo, ni sería posible reflejar toda la verdad de esa maravillosa y compleja mujer. Así que me limito a exponer una breve semblanza emocional y emocionada, desde unos pocos datos públicos sobre su vida e intentando comprender a ese alma desconocida llamada Frida Kahlo.

Autorretrato-Columna rota- Foto: Libby Rosof
Autorretrato-Columna rota- Foto: Libby Rosof

Frida, “rota, pero no enferma”

Nadie puede imaginarse cómo es una infancia enferma, sin haberla padecido. Frida tuvo que refugiarse en la forzosa soledad que le imponía su delicada salud, siendo niña, y a esa fragilidad se amoldó toda su vida. Pero, a pesar de que eso la convirtiera en una persona introspectiva, no dejó que la encerrara en un mundo de pesimismo o resignación. Fueron años de lucha contra la poliomielitis, buscando en el movimiento, el deporte y la actividad lo que la vida le negaba: el máximo control de su cuerpo. Aun así, fue una niña solitaria por no poder participar de los juegos de otros niños.

Frida, la luchadora, dijo en una entrevista que ella estaba “rota, pero no enferma”. Le negaba así a la enfermedad su cualidad de postración, le gritaba su decisión de vivir y de expresarse viva, desde todos esos pedazos que componían a una mujer que se rehacía día a día, obra a obra, golpe tras golpe.

A los dieciocho años, un tranvía arrolló el autobús en el que viajaba y sus sueños de noviazgo y adolescencia, convirtiéndola en esa “mujer rota” como ella se asumía. De resultas de ese accidente, su cuerpo quedó gravemente lacerado, debiendo someterse a interminables tratamientos para intentar recomponerlo o, al menos, manejarlo. Pero ni los insoportables corsés de yeso, ni la inmovilidad de la cama, ni las durísimas operaciones quirúrgicas -más de 30 a lo largo de su vida- o las tremendas sesiones de estiramientos y terapias, consiguieron doblegar su alma de mujer y artista. Precisamente a esa soledad impuesta por sus dolencias le debe Frida que aflorara su talento para la pintura. Y, en lugar de trazos tristes, oscuros o fríos, llenó sus lienzos de pinceladas contundentes, definidas, rebosantes de color y, por tanto, de vitalidad. Y, de esa mujer rota, surgió la Frida pintora, brillante, colorista y espléndida.

Mural a Frida, Los Angeles- Foto: Patrice Raunet Hollywood
Mural a Frida, Los Angeles- Foto: Patrice Raunet Hollywood

Frida y el lienzo de espejo

Hay terapeutas motivacionales y psicólogos que recomiendan para recobrar la autoestima y valoración de uno mismo la técnica de mirarse al espejo y hablar con el propio reflejo. Para Frida Kahlo, su espejo se trasladó a los lienzos, donde esbozaba no solo lo que veía de sí misma, sino lo que sentía y cómo se sentía. No hay duda de ello viendo sus cuadros, donde se autorretrataba una y otra vez, de mil maneras, en miles de posturas, imaginándose o reinventándose físicamente como una musa de sí misma. Frida pinta a Frida lacerada, llena de flores, de pájaros, de colores, duplicada o solitaria, rodeada de frondosidades o nubes tormentosas, y cada una de esas réplicas son por separado los pedacitos de la misma Frida que sentía el dolor, el amor, la ganas de vivir o la derrota, mientras pintaba. Otra cosa es que, ese diálogo interior, fuese siempre positivo.

Los cuadros eran el reflejo de sus sentimientos de cada momento y en cada creación, y un hombre fue la pauta de esos sentimientos la mayor parte de su vida. Quizás Frida, como tantas mujeres, se pierde un poquito a sí misma cuando empieza a encontrarse en el hombre que cree amar. El muralista Diego Rivera, con quien se casó, fue su cara y su cruz desde que intimaron. Muchas cosas les unían, entre ellas el amor por la pintura y la admiración mutua por la obra del otro; y muchas cosas les separaban, más allá de la diferencia generacional. Rivera era algo más de veinte años mayor que Frida, pero a los que no dudan de su amor se les debería preguntar cómo se puede sentir una joven enamorada en una vida conyugal repleta de infidelidades, terribles peleas, la imposibilidad de tener hijos y el deseo inútil de intentarlo ¿Cómo se sentiría Frida, acarreando además con las secuelas sufrientes de un cuerpo lastimado?

Las dos Frida- F.Kahlo (1939)- Foto: Ed Uthman
Las dos Frida- F.Kahlo (1939)- Foto: Ed Uthman

La amante de muchos, buscando el amor

La mujer que se vestía con faldas tradicionales de su país y adornaba sus trenzados cabellos con coronas de cintas y tiaras de flores, tuvo al parecer una vida sentimental ajetreada y nada sencilla. Se dice que entre sus amantes se encontraba el mismísimo León Troski, a quien escondió de sus enemigos en su propia casa y por cuyo asesinato fue detenida como sospechosa. Se rumoreaban sus escarceos amorosos con hombres y mujeres, hasta que Chavela Vargas, la célebre cantante de también torturada vida, declaró haber sido no solo una de sus amantes, sino la amante y confidente más próxima a Frida el resto de su vida. La Vargas la amaba tanto, decía, que asumió que Frida Kahlo solo viviría para volver al lado de Diego Rivera, su admirado y odiado marido. Así se lo exponía la propia Frida, incluso en sus largas e intimísimas cartas en las que, al tiempo que le declaraba su amor, anteponía la devoción dolorida que sentía por Diego Rivera.

Parece que Frida Kahlo buscase la serenidad del amor, el refugio seguro del afecto incondicional y admirativo, sin encontrarlo donde quería y sin apreciarlo donde se lo entregaban. Quizás sí existían “Las dos Fridas” que pintó en uno de sus más célebres cuadros, justo en una de sus etapas depresivas por otra de las rupturas con su marido, al descubrir la relación de su hermana con Rivera.

En cualquier caso, la pintora cuyas obras fueron realmente apreciadas después de que ella muriera, fue una mujer vapuleada física y emocionalmente por la vida, admirada y relegada, esperanzada y derrumbada, que barajó el anhelo de vivir con la idea de la muerte liberadora del sufrimiento. Toda una artista de la vida, con los mimbres o espinos que ésta le dio.

Frida Kahlo y el arte para vivir

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