El humanitario “Síndrome Schindler”

Acabo de inventarme este nombre para un síndrome que afecta a muchas menos personas de las que sería conveniente, y que solo es producido por un nivel de solidaridad y sentido común que la mayoría hemos perdido.

Fábrica de Schindler en Cracovia- Foto: Ron Porter
Fábrica de Schindler en Cracovia- Foto: Ron Porter

No sé si existirá un nombre para las personas que actúan espontáneamente con humanidad hacia otras personas, aunque su “obligación” o sus jefes no lo ordenen así, pero a mí me ha parecido oportuno el del mítico libertador de judíos de las hordas nazis, y enseguida me explicaré. Tampoco sé si la palabra “síndrome” sería aplicable a una sintomatología de bondad, de respeto por la vida de los demás, o de rebeldía ante la vergüenza ajena. Pero, se van haciendo tan raros los comportamientos solidarios, en nuestros días, que más que lo correcto parecen la excepción, como los síntomas de un extraño fenómeno.

Oskar Schindler en 1947-Foto: Freeinfosociety.com
Oskar Schindler en 1947-Foto: Freeinfosociety.com

El porqué de “Síndrome Schindler”

A Oskar Schindler lo hicieron célebre una novela (El arca de Schindler, de Thomas Keneally) y una famosísima película, “La lista de Schindler”, basadas en su vida durante los años del holocausto nazi, en la Polonia ocupada. Sobre todo, la película que dirigió Steven Spielger en 1993, esparció por todo el mundo el nombre de este empresario y colaboracionista del régimen de Hitler – por lo menos, en los primeros años- que acabó salvando la vida de cuantos judíos pudo, con el pretexto de emplear prisioneros en su fábrica de menaje de cocina y munición.

Schindler fue siempre un hombre marcado por una infancia desdichada, que se defendió en la vida mediante el oportunismo, su ansia de tener dinero y sentirse a salvo, y el alcoholismo. Si ese perfil de persona no parece encajar con el de un héroe de guerra, silencioso y tenaz, es precisamente eso lo que le hace más interesante y da valor a su hazaña. En algún momento, en su trayectoria como leal afiliado al Partido Nazi, colaborando con el servicio secreto nazi como espía, aprovechando sus contactos con los altos mandos de Hitler para medrar en sus negocios, Oskar Schindler debió darse cuenta de la profunda inhumanidad, la abominable crueldad que sus “amigos y aliados” desplegaban a su alrededor. La convicción de ese descubrimiento personal, le hizo cambiar su modo de ver y de actuar en su entorno; hasta el punto de que, a lo largo de esos años, no solo utilizó sus contactos y su condición de gerente y propietario de diversos negocios en la zona nazi para proteger a los prisioneros judíos puestos a su servicio, sino que llegó a arruinarse y poner su propia vida en riesgo, con tal de salvar a todos los posibles.
La historia es ya bien conocida, y la mayor garantía de que sea cierta son, tan solo, los supervivientes judíos que mostraron su gratitud a Schindler el resto de su vida, protegiéndole de sus otras ruinas y desgracias, y le honraron tras su muerte con menciones y galardones. Sea como fuere, Schindler es un claro ejemplo de esos raros tipos de personas que, sirviendo implacablemente a la autoridad, por inflexible o injusta que esta sea, recuperan de golpe su natural grado de conciencia y humanidad y reaccionan frente al poder impositor con gestos de amor al prójimo, cuesten lo que cuesten.
Por eso se me ocurre llamar “síndrome Schindler” a lo que hizo que otras personas actuaran de forma parecida, desobedeciendo órdenes superiores y renunciando a la brutalidad de ciertos protocolos establecidos por ley. Veamos algunos de esos casos, que figurando en la prensa han pasado prácticamente desapercibidos, antes de que caigan en el olvido.

Logo de Stop Desahucios
Logo de Stop Desahucios

El bombero anti-desahucios

Quien no recuerda en España al bombero Roberto Rivas, aunque poco o nada se haya vuelto a saber de él desde su hazaña de negarse a forzar la vivienda de una anciana, en febrero del año 2013. Los desahucios por impago estaban a la orden del día, en mitad de una crisis económica y de una crisis de ética destilada desde las instancias gubernamentales. Los bomberos estaban obligados a acudir en refuerzo de la policía, para echar puertas abajo frente al asedio mediador de grupos de personas que se oponían a que los habitantes fueran echados de sus casas. Pero, esa mañana, en A Coruña, dos de los hombres de un grupo de bomberos se negaron a utilizar sus cizañas para romper el candado que reforzaba la entrada a la vivienda de Aurelia Rey, de 85 años, que luchaba junto a sus vecinos por quedarse bajo su techo.

Uno de esos bomberos, Roberto, dejó de cumplir la tarea legal, que no justa, y se lanzó espontáneamente a tomar una pancarta de la asociación Stop Desahucios y unirse a los manifestantes que pugnaban por evitar el desalojo; su gesto de adhesión y solidaridad fue fotografiado y difundido por todo el país. Fue ese momento de furiosa concienciación lo que hizo que el resto de los bomberos, excepto uno, se unieran más en su negativa a cumplir la orden explícita. El que quería seguir con su cometido, se vio disuadido por los propios compañeros al grito de “nosotros ayudamos, nosotros no desahuciamos”.

El impulso de Roberto Rivas, secundado por el grupo de bomberos, hizo recapacitar a muchos profesionales del gremio de todo el país. Muchas empezaron a ser las negativas de equipos para ejercer ese tipo de servicios. Los policías tuvieron que hacerse cargo de esas violentas intervenciones de desalojo, ante la negativa de los bomberos de diversas ciudades de acometerlas.

Y, ¿qué fue de Roberto Rivas? El bombero, aclamado y apoyado por muchísimas personas en todo el país, fue sin embargo juzgado y sancionado por las autoridades. Un expediente disciplinario, un juicio y una multa por “alteración del orden”, ya que nadie se atrevía a acusarle por su acto de rebeldía al desobedecer ordenes de dudosa ética. Aun así, siguió participando en otras manifestaciones anti-desahucios.

La policía que quería dialogar

Maria Teresa Canessa- Foto: ABC
Maria Teresa Canessa- Foto: ABC

El 29 de enero de este año 2016, hace apenas unos días mientras escribo, una noticia me sorprendía gratamente entre el cúmulo de malos augurios y tremendismo de la prensa cotidiana. En Italia, en la ciudad de Génova, un enfrentamiento entre policías antidisturbios y trabajadores manifestantes se complicaba con el aumento de la tensión y la violencia. En medio del barullo, una agente de policía se quitaba el casco y comenzaba a ofrecer su mano a los manifestantes furiosos. Ante el desconcierto general, María Teresa Canessa estrechó las manos de varios de los huelguistas y se puso a hablar con ellos, escuchando sus problemas y sus protestas. Su comprensiva actuación contagió a sus compañeros policías, y el tumulto terminó con los agentes y los manifestantes hablando cordial y comprensivamente. “Somos todos trabajadores; he apreciado que aceptaran mi mano y se acercaran para dialogar”, dijo María Teresa a la prensa.

Las imágenes de ese comportamiento instintivo de la mujer policía no tardaron en correr como la pólvora en las redes informáticas. Poco después, el gobierno italiano accedía a mediar entre la empresa y los empleados para solucionar un conflicto por el que llevaban tiempo reclamando, sin ser escuchados.

Se puede ser humano

La violencia, la injusticia y la opresión, se cobrarían muchas menos víctimas si existieran más funcionarios o intermediarios como María Teresa, Roberto, u Oskar Schindler. Ellos también contaban con el amparo de las leyes, que les justificaban y hasta les obligaban a ejercer una superioridad represiva; ellos, como tantos al servicio de la autoridad o los gobiernos de ese momento, también podían excusarse bajo el pretexto de verse forzados a emplear la fuerza o a actuar sin escrúpulos. Pero sus conciencias, su sentido del raciocinio y la humanidad no les dieron permiso, y supieron escuchar su verdad y actuar de otra forma. Entender, proteger y ayudar, en lugar de convertirse en simples sicarios, cumpliendo leyes injustas y deshumanizadas.

Se puede ser humano, se puede descubrir la calidez y la paz en otras personas, con un simple gesto de armonía, respeto y fraternidad. Se puede ayudar a las víctimas, por graves que sean las amenazas. Se puede implantar la concordia como medio de entendimiento habitual, en lugar de seguir la inercia de la imposición y la fuerza bruta, por decreto. Estos son simples y aislados ejemplos; quizás, poniéndole nombre y cara a sus comportamientos, seamos muchos más los que nos atrevamos a experimentar el “síndrome Schindler”. Me encantaría contagiarme, ¿y a ustedes?

El humanitario “Síndrome Schindler”
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One thought on “El humanitario “Síndrome Schindler”

  • Febrero 16, 2016 at 1:37 am
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    Todos tus artículos son exquisitos y este de solidaridad es maravilloso como llegas al corazón he vivido alguna experiencia en cargo público y te expones a sanciones y expedientes pero te llenas de alegrías por dentro, saludos

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