El asombro de vivir

Foto de Alexas/pixabay.com
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La vida es constante movimiento pero, a veces, ese devenir nos aparta de lo importante, nos hace olvidar lo que nos hizo felices, nos cambia el rumbo deseado…Hay que reflexionar en quiénes somos, para recobrar ese rumbo.

Si se fijan, esto del transcurso de la vida nos causa una continua sorpresa. Ese asombro de vivir no es perpetuo solo por el hecho inevitable de que un día nos morimos, pero hasta ese día nos estaremos preguntando cómo ha pasado tan de prisa el tiempo- que a ratos nos puede haber parecido lento, inacabable o tedioso- y cómo fueron cambiando las cosas hasta el punto de parecernos que vivimos varias vidas en una sola.

A cada cual a su manera, nos causa desconcierto pensar en el devenir de las circunstancias, las personas, los sentimientos propios, que conformaron nuestro pequeño mundo particular en determinadas épocas y fueron cambiando, como sin darnos cuenta, hasta aparentando una naturalidad que, en realidad, no es tan voluntaria, en muchos casos.

Lo cierto es que nos pasamos la vida asombrados por los cíclicos cambios de rol que nos impone la existencia e intentando asumir con gallardía esos cambios de “personajes” que protagonizan nuestra propia vida. Y voy a ver si me explico mejor, y me dicen si no es verdad.

Foto de Elementus/CC0
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El asombro de un niño

La primera infancia es, tal vez, la etapa en que esa sorpresa se asume con más normalidad. De niño todo es novedoso y posible; para un niño no cabe la duda, sino la prueba. Cuando eres niño pruebas todo lo que llama tu atención, descubres empíricamente, archivas las experiencias por tu modo de vivirlas. Y, a esas edades, el asombro de las circunstancias de estar vivo se incorpora, se asume y se disfruta. Llegará el día, quizás no muy lejano, en que nos preguntemos dónde se fue aquella despreocupación, junto con nuestros mejores amigos del colegio o el barrio.

Pero lo cierto es que, en la pre adolescencia y en la adolescencia, empezamos a cuestionarnos el estatus en el que siempre hemos vivido con toda naturalidad. De repente, aparecen nuevas inquietudes y se amplía el deseo de nuevos horizontes, conocer más cosas, otras personas, probar otros estilos de vida…Y, sobre todo, dejar atrás “las cosas de niños”. Y nos parece insuficiente el reducido mundo familiar, nos sentimos distintos a aquel niño o aquella niña integrados y satisfechos en una limitada comunidad. El “asombro” en esas etapas es doble: por un lado, el deseo de dejar la infancia atrás y la sorpresa íntima de que, de repente, no nos guste lo que hace poco tiempo nos gustaba; por otro lado, esa otra sorpresa, emocionante e inquietante, de qué nos deparará el futuro, de cada nueva experiencia, de cada incursión en la vida de los adultos.

Un niño no busca ser querido, lo necesita. Si recibe ese amor se deleita, lo corresponde sin tapujos, lo aprovecha para su desarrollo vital. Un adulto se detiene a asombrarse de haber conseguido que alguien le quiera, se pregunta cómo, porqué y si será cierto que le aman; hasta de la familia directa habrá momentos en que, de adultos, nos plantearemos si los hermanos nos quieren, cómo nos consideran los padres, o si los hijos nos aman de la forma que deseamos. Los niños no se plantean la duda de lo que parece; lo atrapan, lo investigan, lo disfrutan.

Foto de Geralt/CC0
Foto de Geralt/CC0

El asombro por lo que fue

Qué decir de la etapa adulta de una persona. Después de algunas décadas- que parecerá que pasaron volando- las preguntas existenciales será del tipo: “porqué hice aquello, o no hice lo otro”, “porqué perdí el contacto con esa persona a la que tanto apreciaba”, “cómo llegué a este punto”, “cuándo dejé de sentir gusto por esa afición, o por aquella vieja costumbre, o por asistir a una tradición familiar o entre amigos”… Vamos perdiendo las sustancias que eran partes de nuestra vida, y ni siquiera nos percatamos de cómo, ni recordamos porqué les dimos de lado, muchas veces. Dejamos atrás momentos y personas que, de haberlas mantenido cerca, quizás hubieran colaborado a hacer distinta nuestra vida pasada y presente.

Cumplimos con roles que creemos normales y obligados: como profesionales, como padres o madres, como integrantes de una pareja, o como solteros empedernidos y maduros. No nos damos cuenta de que no cesamos de interpretar distintos papeles, previamente estipulados según nuestra etapa vital.
Incluso en la edad madura no nos libramos de los roles impuestos.

Como de la noche a la mañana, empezaremos a escuchar o a decirnos a nosotros mismos lo de “ya no tienes edad para esas cosas”, “hay que cuidarse más a tu edad”, “ya no hay tiempo para probar eso o lo otro”… Es entonces cuando nos asombraremos pensando en qué fue de aquellas cosas del pasado que parecían omnipresentes, invariables, nuestras para siempre. Pensaremos en cómo podemos ser tan distintos, siendo los mismos, según conformemos nuestra vida en el determinado momento.

Un famoso alpinista que había escalado como pionero las cimas más altas del mundo, se preguntaba en voz alta, siendo un anciano al que le relataban sus hazañas: “¿Hice yo eso?”. Posiblemente, había estado preguntándose por otras cuestiones que dejó de hacer, o que valoraba como más importantes personalmente, en ese momento.

Asombrosa Vida
Foto de Johnhain/ CCO

La asombrosa vida

Si se paran a pensarlo como yo, verán que hay capítulos en su vida que les parece mentira que hayan terminado. No tienen que ser necesariamente buenos, ni perfectos, ni siquiera extensos en el tiempo. Se preguntarán cuándo se torció aquél futuro que soñaron, cuándo dejaron de desear cumplir un sueño, porqué falló su relación con alguien o se diluyó su manera de ver la vida y encarar el mundo.

Ciertamente, la nostalgia no sirve para nada, pero olvidar quienes fuimos, quienes queríamos ser y todo lo que aportó cosas positivas a nuestra vida, es un injusto acto de traición a nosotros mismos; a la propia vida. Del pasado no podemos recuperar más que rituales, viejas costumbres que -¿por qué no?- podemos volver a disfrutar, teniendo claro que no será lo mismo. Pero también enseñanzas, lecciones de vida que nos demuestran lo que es realmente importante y lo que es simple pose, superficial, vacía y pasajera.

Quizás esa pose es en la que estamos viviendo ahora, y el pasado quiso enseñarnos que no hay que caer en ella, para ser más feliz. O quizás el adolescente que fuimos quiera decirnos que recuperemos la ilusión por las cosas, por estar vivos o por la fortuna de vivir bien acompañados.

Hay que ser bastante sabio para saber ver esa diferencia, valorar ese contenido sin culpabilidades ni inútiles melancolías, aprender que, la vida, es un camino que hay disfrutar mientras se anda, pero cuyas lecciones es mejor no saltarse, a costa de verlas repetidas…mientras malgastamos el tiempo. Lo más importante: aprender que la vida no se termina hasta el último aliento en este mundo, que nunca es tarde para nada, que hay opción mientras seguimos vivos. Y no dejemos de asombrarnos y descubrir, para bien.

El asombro de vivir

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